lunes, 24 de noviembre de 2008

Ulises y El bala perdida 10 (El coyote)

Ya llevabamos bastante tiempo en la sierra escapando de la justicia, probablemente ya no nos estaban buscando en los alrededores de Santa Teresa; pero uno nunca sabe, y el bala perdida se puso más desconfiado que nunca.
Yo estaba ansioso de bajar, pero cada vez que intentaba comentarlo con él, ni siquiera lograba hacer que mantuviera una conversación conmigo. Yo creo que la muerte del banquero a penas estaba cuajando en la mente del bala perdida; seguramente por eso se volvió a distanciar de mí.
Casi todos los días hacíamos lo mismo. El recolectar hierbas para comer nunca fue, ni será, lo mío, pero eso sí, "hay que ahorrar balas por si nos agarran subidos en el monte" decía el bala perdida a cada rato; yo no creo que se hubieran tomado la molestia de buscarnos en la sierra. La única carne para comer, era la que conseguímos de atrapar un desdichado conejo con los rudimentarios métodos del bala perdida. Además de que para ese entonces me moría de ganas de encontrar al hideputa de Testarrosa.
Pero bueno, hay veces que no se pueden apresurar las cosas.
Ya era la hora de la cena, y lo mejor de todo, es que ese día habíamos conseguido un par de conejos pequeños, pero bien gorditos. El bala perdida cocinaba a los animalitos junto a la fogata, y yo me fui por la leña. Lo bueno es que nos internamos en el monte en primavera, si hubiera sido invierno, probablemente no hubieramos tenido suficiente calor con esa pequeña fogata; más simbolica que caliente.
-Toma, aqui está el tuyo -el bala perdida me pasó el conejito en una varita, y se veía tan delicioso...
Y empezamos a comer con avidez. Bueno, más bien dicho, yo comí con avidez, por que el bala perdida estaba viendo hacia el bosque con la mirada de desconfianza que le caracterizó durante esa época.
Dejó el conejo en la lumbre y sacó su pistola. Creí que era la paranoia que lo había invadido... oí un ruido. Miré hacia donde el bala perdida, y puedo alcanzar a distinguir una sombra entre dos pinos. El bala perdida guardó de nuevo su pistola y yo me puse tenso; no podía distinguir la sombra, pero él juzgó que no era peligrosa.
El bala perdida tomó su conejo del fuego y lo lanzó hacia los pinos, la sombra desapareció. Lo veía, pero no entiendía nada; Él me devuelvió la mirada sin ningún mensaje en específico y se echó a dormir.
La sombra reapareció, y esta vez pude distinguir un perro descomunal que se acercó al conejo y lo olió.
-Gritas como niña... -ni me dí cuenta, pero solté un gritito ahogado al ver al coyote.
Me quedé viendo al coyote mientras olfateaba el conejo, luego lo mordió y se lo llevó al bosque en el hocico.
-¿Por que le has dado tu conejo al coyote?
-El conejo era del coyote, nosotros se lo robamos. Sólo se lo estaba regresando.
El bala perdida se dió la vuelta como para terminar la conversación. Yo seguía aturdido como siempre de las actitudes del bala perdida, pero había una enseñanza profunda en todo eso; aunque obviamente no la entendí.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Parte 4 (La cantina)

Pedro Machado se sentía mal después de la entrevista con el Gobernador, ningún hacendado le había prestado atención, y su última oportunidad de dar un trato justo a los peones en las haciendas. No había nadie a parte de él y su maestro que se preocupara por los trabajadores.
Pedro llegó al centro de San Mateo. Él conocía varios lugares donde iban conocidos suyos a beber, pero no quería encontrarse con nadie, se sentía mal. En una calle encontró una cantina que correspondía a sus expectativas, con mucha gente desconocida y mucho alcohol esperando a ser bebido en sus botellas.
"La cantina de Fidel" rezaba el letrero pintado en la pared. La puerta era pequeña y se confundiría con cualquier casa, pero de adentro salía la música de una guitarra y algunas voces rasposas cantando.
Pedro entró y se sentó directo en la barra. El cantinero tendría unos cuarenta años, el cabello que tenía estaba a los lados de su cabeza y su expresion era de estar harto de borrachos.
Pedro dejó una buena cantidad de billetes en la barra, cosa que llamó la atención del cantinero y le hizo enarcar la ceja izquierda.
-Sirvame de algún licor no muy fuerte y mantén mi vaso lleno hasta que se acabe el dinero o me acabe yo.
-Le advierto que no cuido borrachos aqui, si ya no se puede levantar, será un gusto lanzarlo al callejón, no importando el dinero que me de.
-No se preocupe por eso, ya sabré encontrar un lugar entre las piedras de la calle. Sólo preocupese por mantenerme bien servido.
El cantinero se encogió de hombros y sirvió un trago de ron al recién llegado, que desapareció un par de segundos después tras una mueca clásica de primera copa. Pedro sintió el alcohol bajar por su garganta y hasta su estómago y desde la tercera copa sintió el anhelado mareo que entró buscando a la cantina de Fidel.
Siete copas de plática le aguantó Fidel a Pedro, y luego lo dejó hablar solo.
-... Le digo que el gobernador no se preocupa nada por los peones. ¡Nadie lo hace! no sé porqué sigo con estas ideas en la cabeza. Pero no me voy a echar para atrás, ¡se lo prometí al bachiller! Pero no se avanza por ningún lado.. creo que debería darme por vencido, tendría que preocuparme solamente por mi propia hacienda, la mía, la de Santa Catalina... Ya debería dejar... Desde hoy no más alborotos en casa de los poderosos...
-Entonces, ¿quién luchará por los peones si no usted?
-... tiene... ¡Tiene razón! ¿quién lo hará si no yo? Si tiene que haber un terco que luche por la libertad, ¡seré yo! No me importa haber perdido hoy, mañana será otro día... ¡¿Que mañana, ni que nada?! ¡Hoy mismo me voy a sabrán de mi esos rufianes abusivos! -Pedro intentó incorporarse, pero cayó cuan largo era, con la gracia de un tronco, al suelo de la cantina. Fue entonces cuando vio por primera vez a su nuevo interlocutor- Pero... que hermosísima dama es usted... Tan bellos ojos no los había visto en ningún lado... más negros que... algo... eh... muy negro... -y con esas palabras, Pedro Machado perdió totalmente el conocimiento.