Ya llevabamos bastante tiempo en la sierra escapando de la justicia, probablemente ya no nos estaban buscando en los alrededores de Santa Teresa; pero uno nunca sabe, y el bala perdida se puso más desconfiado que nunca.
Yo estaba ansioso de bajar, pero cada vez que intentaba comentarlo con él, ni siquiera lograba hacer que mantuviera una conversación conmigo. Yo creo que la muerte del banquero a penas estaba cuajando en la mente del bala perdida; seguramente por eso se volvió a distanciar de mí.
Casi todos los días hacíamos lo mismo. El recolectar hierbas para comer nunca fue, ni será, lo mío, pero eso sí, "hay que ahorrar balas por si nos agarran subidos en el monte" decía el bala perdida a cada rato; yo no creo que se hubieran tomado la molestia de buscarnos en la sierra. La única carne para comer, era la que conseguímos de atrapar un desdichado conejo con los rudimentarios métodos del bala perdida. Además de que para ese entonces me moría de ganas de encontrar al hideputa de Testarrosa.
Pero bueno, hay veces que no se pueden apresurar las cosas.
Ya era la hora de la cena, y lo mejor de todo, es que ese día habíamos conseguido un par de conejos pequeños, pero bien gorditos. El bala perdida cocinaba a los animalitos junto a la fogata, y yo me fui por la leña. Lo bueno es que nos internamos en el monte en primavera, si hubiera sido invierno, probablemente no hubieramos tenido suficiente calor con esa pequeña fogata; más simbolica que caliente.
-Toma, aqui está el tuyo -el bala perdida me pasó el conejito en una varita, y se veía tan delicioso...
Y empezamos a comer con avidez. Bueno, más bien dicho, yo comí con avidez, por que el bala perdida estaba viendo hacia el bosque con la mirada de desconfianza que le caracterizó durante esa época.
Dejó el conejo en la lumbre y sacó su pistola. Creí que era la paranoia que lo había invadido... oí un ruido. Miré hacia donde el bala perdida, y puedo alcanzar a distinguir una sombra entre dos pinos. El bala perdida guardó de nuevo su pistola y yo me puse tenso; no podía distinguir la sombra, pero él juzgó que no era peligrosa.
El bala perdida tomó su conejo del fuego y lo lanzó hacia los pinos, la sombra desapareció. Lo veía, pero no entiendía nada; Él me devuelvió la mirada sin ningún mensaje en específico y se echó a dormir.
La sombra reapareció, y esta vez pude distinguir un perro descomunal que se acercó al conejo y lo olió.
-Gritas como niña... -ni me dí cuenta, pero solté un gritito ahogado al ver al coyote.
Me quedé viendo al coyote mientras olfateaba el conejo, luego lo mordió y se lo llevó al bosque en el hocico.
-¿Por que le has dado tu conejo al coyote?
-El conejo era del coyote, nosotros se lo robamos. Sólo se lo estaba regresando.
El bala perdida se dió la vuelta como para terminar la conversación. Yo seguía aturdido como siempre de las actitudes del bala perdida, pero había una enseñanza profunda en todo eso; aunque obviamente no la entendí.
