Me quedé junto a la puerta del dormitorio para ver que nadie más se acercara a intentar detenernos. El bala perdida estaba parado frente al banquero. Antoine Laënnec suplicaba por su vida de rodillas, llorando con las babas y los mocos escurriendole por la cara, en camisón.
-¡Por favor, déjame vivir! ¡No fue mi culpa, yo creía que ella era una prostituta... -El rostro del bala perdida se ensombreció más (si es que eso era posible) y encañonó al banquero con su revólver favorito. Laënnec intentó alejarse del bala perdida pero cayó sobre sus obesas posaderas en el suelo de mármol y se golpeó el brazo derecho contra una esquina de su cama.
En el pasillo se asomó un mayordomo con un quinqué, pero al ver que le apuntaba con una pistola hizo como si no hubiera visto nada y se regresó a su habitación. La luna se veía por la ventana de la habitación y parecía sonreirnos desde el cielo, entre dos nubes.
-¡Por favor, ten piedad! ¡Te pagaré lo que quieras! -El bala perdida bajó el revólver.
-¿Cuánto estás dispuesto a pagar? -Yo no esperaba que Pedro se dejara llevar por una oferta, y al parecer el banquero tampoco, por que dejó de llorar en el acto y se quedó con la boca abierta. En el rostro del banquero primero brillo un atisbo de esperanza y luego adoptó la expresión de abrir una cuenta bancaria, se creía estar de nuevo en su terreno.
-Te pagaré lo que sea si me dejas vivir.
El bala perdida lo vio un momento, le volvió a apuntar con el arma y le dijo:
-¿Cuanto crees que vale tu vida?
-Te daré suficiente dinero para que vivas comodamente el resto de tus días. -Al bala perdida se le endureció la mirada de nuevo.
-¿Eso crees que vale tu vida? Te daré una última oportunidad -El bala perdida pateó al banquero y lo puso de espaldas a él, luego le puso el cañon en la nuca. El banquero empezó a llorar de nuevo y se quedó sollozando algún tiempo. -¿Cuanto crees que vale tu vida?
-Te daré todo mi dinero, mi casa, mis propiedades afuera de la ciudad y todo lo que se te ocurra. Sólo déjame vivir... -El bala perdida se empezó a reir. La risa fue tan macabra que Laënnec perdió el temple que le quedaba y se cagó en su camisón.
-Tonto. Tu vida no vale nada. -Y le disparó.
