jueves, 1 de enero de 2009

Ulises y El bala perdida 3 (el viejo)

El bala perdida salió del pueblo a medio trote y se dirigió al camino de Santa Teresa, que estaba bastante de lejos de San Mateo hacia el sur. El camino cruzaba un pequeño bosque y estaba algo descuidado, decían que había ladrones en ese camino.
-Este... Pedro... ¿a donde vamos? -el bala perdida me volteó a ver y aceleró un poco el trote- ¿vamos a tú casa? -no estaba seguro si tenía casa, sólo sabía que había regalado la hacienda de su padre.
-No vamos a mi casa, vamos con un amigo mío.
Me sorprendía el bala perdida, era más desconfiado de lo que se decía en las cantinas, menos borracho y tenía un amigo.
El viaje duró algo más de un cuarto de hora hacia Santa Teresa y luego torcimos al este, por un camino entre una arboleda. en lo que serían unos diez minutos llegamos a una pequeña casa de adobe que estaba sola frente a un camino de piedra, entre lo que parecían los despojos de una aldea quemada.
-Deja el caballo aqui, que paste libre.
El bala perdida bajó de su caballo y se paró frente a la puerta. Yo no estaba seguro de querer dejar a mi caballo correr solo por un bosque y el bala perdida lo notó de inmediato.
-No te preocupes, no irá lejos. El olor a lobos lo mantendrá alejado de lo más profundo del bosque.
Entramos en la casita por una puerta que era una tela colgando de un palo, la puerta daba a lo que sería el vestíbulo, comedor, la cocina y la habitación; había una mesa de troncos en el centro con dos sillas y un petate enrollado sobre una pared. Sólo había una ventana pero estaba tapada por unas tablas, así que la habitación estaba muy obscura. En otra orilla del cuarto estaban unas tablas que servían de mesita para picar, un pequeño fogón y un tronco para sentarse. En el tronco había un viejo.
El bala perdida entró sin hacer el menor ruido y yo procuré hacer lo mismo, luego se sentó en una de las dos sillas, yo me quedé parado en la entrada esperando una señal de sentarme, de saludar... o de lo que fuera con tal de romper el silencio y el ambiente sombrío de la casita.
-¿Y quién es tu amigo de los pies de plomo? Respira como si lo hubieras traído corriendo desde Santa Teresa -el viejo tenía la voz profunda, cosa que contrastaba con lo delgado que era.
-El señor que tiene usted aquí -dijo el bala perdida- es mi primo Ulises.
-Mucho gusto, señor
-¿Ya tan pronto consideras un gusto el encontrarte conmigo? O eres muy amable o muy lambiscón- el tono de la frase no era burlón, pero el sentido era algo raro, así que no contesté. El viejo se levantó del tronco caminó hacia donde yo estaba, parecía que caminaba con los ojos cerrados, pero caminaba normalmente.
-Tomás Gutierrez -dijo el viejo tendiendome la mano- si Pedro te trajo aquí, entonces estoy a tus ordenes -estreché la mano del viejo y así de cerca me pude dar cuenta que tenía los ojos cerrados y los párpados hundidos, porque alguna vez, alguien le sacó los ojos.

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