viernes, 2 de octubre de 2009

Ulises y el bala perdida 14 (La muerte del padre)

Tomamos la última misa en San Juan y esperamos a que se fueran a sus casas los últimos creyentes para ir a buscar al padre. Johann se había retirado hacia el monasterio hacía algún tiempo, pero no nos costó trabajo dar con él porque estaba sentado en una banca en el patio central del edificio. La noche de luna nueva estaba escasamente iluminada por las estrellas y el padre miraba al cielo con una ligera sonrisa de tristeza en la cara.
-Buenas noches, padre.
El padre se quedó en silencio, bajó la mirada al jardín de arbustos son una fuente al centro. Suspiró y poco a poco levantó la mirada hacia el bala perdida, que estaba parado a su lado.
-Te vi en misa, nunca pensé llegar a verte en San Juan. Por mucho tiempo creí que habrías muerto de dolor... hasta que me enteré de la violenta muerte de Laënnec.
-Entonces ya sabe a que vine, cierto.
-No creo que vengas a confesarte... -el padre miró fijamente al bala perdida a los ojos como buscando algo- Y no creo que solamente vengas a matarme.
-Sí lo voy a matar, de eso no hay duda.
-Buscas algo más... ¿Quieres acaso que te diga que lo que haces está bien? No lo haré, matar es matar y te irás al infierno por eso... Aunque es lo justo... Hay gente que cree que Dios no es justo, pero yo creo que sí lo es. Nadie se salva de la justicia divina, y yo creo que la justicia divina tiene muchas formas de cumplirse. Aunque matar a todos los que tuvimos la culpa esa noche no sea lo correcto te condene... probablemente lo justo es que lo hagas de todas formas... si llegas a buen término, es que Él aprueba tus acciones. De todas formas, no lo sabremos hasta comparecer ante el Todopoderoso en el juicio final... ¿Te puedo pedir un favor? Me gustaría hacer una última oración... pero en el lugar más santo de esta tierra, no queda lejos.
El bala perdida asintió levemente y el padre se puso de pie.
Salimos de la iglesia y caminamos hacia las afueras de la ciudad, subimos a un cerro no muy lejos de San Juan y llegamos hasta donde había unas ruinas de alguna ciudad prehispánica.
En medio de las ruinas se alzaba una cruz de piedra con relieves de flores y pájaros; los eclesiásticos aún no decidían si la cruz era una muetra de fe o un paganismo indignante, pero definitivamente, nadie se atrevería a profanar el lugar. El padre estaba seguro de la santidad de la cruz, probablemente era el único.
El padre se hincó frente a la cruz y comenzó a rezar. Rezaba en latín y con lentitud, creía en cada palabra antes de decirla y no se le atascaron las palabras ni suspiró un sola vez. El bala perdida estaba parado detrás de él. Cuando el padre iba a terminar su oración, el bala perdida caminó hacia él, sacó la pistola con mango blanco, apuntó a la nuca y preparó el tiro.
-Amen. -y el disparo rompió el silencio de la noche.

1 comentario:

Azael dijo...

Me gusta, Me gusta :), Sobretodo el final.