Antoine Laënnec era dueño de una de las casas bancarias más grandes de todo el país. El banquero había venido de Francia con un cargamento de seda solamente y se hizo rico comerciando con el. Hay quien dice que su cargamento de telas estaba comodamente acompañado por otro de opio, pero nada se puede comprobar y el que dijera tal cosa podía perder su dinero rapidamente en el negocio bancario.
El banquero era sumamente famoso por su riqueza y por su frialdad. Todos los viernes asistía a una "casa club" con una maleta llena de billetes, se tomaba tres copas de vino lentamente y hacía fuertes apuestas en la mesa del pókar. Alguna vez había perdido todo el dinero en su dinero en una sola mano sin mover ni un pelo de su bigote, y alguna otra vez había ganado diez veces su apuesta sin siquiera esbozar la más minima sonrisa.
Su animo era tan inquebrantable en la mesa de juego como en su vida cotidiana, actitud que le ganó el respeto de los hombres más poderosos del país, los cuales le invitaban a comer varias veces por semana, a lo que el banquero se escusaba alegando tener un estomago muy débil.
Sus trajes estaban siempre limpios y sin la más mínima arruga, y aunque su aspecto podía ser a veces gracioso por su obesidad, una mirada suya hubiera bastado para callar una burla del mismísimo presidente.
Si alguien hubiera podido ver al diablo a los ojos sin bajar la cabeza, ese hubiera sido Antoine Laënnec. Al menos eso creía todo el mundo...

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