martes, 25 de agosto de 2009

Ulises y El bala perdida 12 (el nahual)

Mi padre era muy respetado en el pueblo cuando yo aún no nacía. Él era médico, estudió en la ciudad pero por su condición social, no podía ejercer ahí, así que se regresó aquí, a su pueblo natal. El pueblo se había mantenido escondido durante muchos años de los extranjeros, y se mantuvo ajeno a las guerras que hubo en el país. Mi padre llevaría un par de años como médico del pueblo cuando llegaron los primeros evangelistas aquí por ciertos rumores de la existencia del pueblo.
Cumplido el año de la llegada de los frailes al pueblo, ya había una iglesia, y todos creían en dios, con algunas reservas, claro. Las fiestas paganas se llevaban a cabo y se confundían con las cristianas. Y en el momento de la enseñanza del idioma hubo algunos problemas de conversión de palabras, como el hecho de que mi padre, que dios guarde, pasó de ser un médico, a un brujo, sólo por una mala traducción.
Al principio los eclesiásticos no le dieron importancia al brujo del pueblo que todo lo sabía curar. Cuando yo nací, mi madre murió, cosa que aprovecharon los hombres de la iglesia para demeritar a mi padre. lo acusaron de envenenar a mi madre. cuando yo tenía tres años, los coyotes se metieron al pueblo y destrozaron muchas cosas, y el único que salió indemne, por algún azar del destino, fue mi padre.
Mi padre fue acusado de brujería y el pueblo lo iba a linchar, a mi me llevaron los frailes y me encerraron en la iglesia mientras se resolvía el asunto de mi padre.
Yo no estuve en el transcurso de los acontecimientos, y aún así, probablemente no recordaría mucho. Lo cierto es que estando encerrado en una celda escuché aullar a los coyotes. La gente cuenta que cuando ibana quemar a mi padre atacaron de nuevo los coyotes, situación que aprovechó mi padre para escapar. La mayor parte del pueblo corrió a asustar a los animales, pero la gente que se quedó con mi padre asegura que mi padre aulló para llamar a los canes y luego se transformó él mismo en uno para escapar con la manada.
Lo cierto es que mi padre no fue muerto ese día y yo me volví padre de esta iglesia en la que estuve encerrado. Nadie quiere a los coyotes en este pueblo, y ya nadie se llama Javier, como se llamó mi padre.

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