jueves, 4 de junio de 2009

Ulises y El bala perdida 7 (camino a Santa Teresa)

El primero al que le cerraríamos los ojos era francés y se llamaba Antoine Läennec. Elegimos a Laënnec porqué era el más cercano a nuestra posición. El francés era un banquero muy bien acomodado que vivía en Santa Teresa.
Ensillamos nuestros caballos y nos pusimos en marcha al salir el sol. Llevabamos armas y munición para matar a mil incautos, y dinero como para pagar mil prostitutas. También llevabamos dos bolillos cada quién.
Desde el momento en que nos despedimos del viejo, la cara del bala perdida se ensombreció y no lo volví a ver sonreir en mucho tiempo. Tampoco lo escuche hablar en todo el viaje. su cara mostraba concentragión absoluta y nada más.
El bosque al lado del camino cedió su lugar a un descampado muy verde y a lo lejos, en el horizonte, se vió de lejos la ciudad de Santa Teresa con sus blancas torres alzandose imponentes y amenazadoras al mismo tiempo.

martes, 19 de mayo de 2009

Ulises y El bala perdida 6 (los ojos del viejo)

Antes de partir de la casa del viejo, recuerdo que me quedé solo con él y platicamos un poco. El bala perdida estaba consiguiendo información en algún lugar de San Mateo sobre el banquero, que por su proximidad sería nuestra primera visita.
Le pregunté al viejo como es que había perdido los ojos.
-Siempre debes cuidarte de saber mucho, pero nunca tienes que saber nada. Yo vi como un hombre se quitaba la máscara de gentilhombre y salía un monstruo de sus adentros. Que yo supiera que había un monstruo debajo del hombre que en ese tiempo era mi amo no representaba ningún problema; el problema fue que la criatura se dió cuenta de que yo sabía la verdad.
-¿Su amo le sacó los ojos?
-Con un cuchillo de cocina y luego me dejó a la mitad del bosque que rodea este pueblucho y llega hasta Santa Teresa. Pedro me encontró al cuarto día después de haber hecho un juramento al diablo. Grité a la mitad del bosque "¡Satanás! ¡Si me salvas y me concedes la justa venganza, al morir te entregaré mi alma!". Cuando Pedro me gritó dos minutos después, sentí que ya se me iba el alma al diablo, jeje...
-¿Y porqué le gritaste al diablo? Siempre supuse que eras cristiano...
-Le imploré al diablo, no porque sea brujo satánico o algo así, si no porque me había cansado de que dios no contestara...

jueves, 14 de mayo de 2009

Ulises y El bala perdida 8 (el banquero)

Antoine Laënnec era dueño de una de las casas bancarias más grandes de todo el país. El banquero había venido de Francia con un cargamento de seda solamente y se hizo rico comerciando con el. Hay quien dice que su cargamento de telas estaba comodamente acompañado por otro de opio, pero nada se puede comprobar y el que dijera tal cosa podía perder su dinero rapidamente en el negocio bancario.
El banquero era sumamente famoso por su riqueza y por su frialdad. Todos los viernes asistía a una "casa club" con una maleta llena de billetes, se tomaba tres copas de vino lentamente y hacía fuertes apuestas en la mesa del pókar. Alguna vez había perdido todo el dinero en su dinero en una sola mano sin mover ni un pelo de su bigote, y alguna otra vez había ganado diez veces su apuesta sin siquiera esbozar la más minima sonrisa.
Su animo era tan inquebrantable en la mesa de juego como en su vida cotidiana, actitud que le ganó el respeto de los hombres más poderosos del país, los cuales le invitaban a comer varias veces por semana, a lo que el banquero se escusaba alegando tener un estomago muy débil.
Sus trajes estaban siempre limpios y sin la más mínima arruga, y aunque su aspecto podía ser a veces gracioso por su obesidad, una mirada suya hubiera bastado para callar una burla del mismísimo presidente.
Si alguien hubiera podido ver al diablo a los ojos sin bajar la cabeza, ese hubiera sido Antoine Laënnec. Al menos eso creía todo el mundo...

miércoles, 1 de abril de 2009

Ulises y El bala perdida 5 (práctica de tiro)

El bala perdida me llevó a otra casita del pueblo. La casita del viejo se veía grande en comparación con la casita a la que me llevó el bala perdida, seguro el viejo vivía en la casa del mayordomo del pueblo.
La casita estaba llena de cajas (eran cuatro cajas grandes, para ser exactos) y apenas había espacio para el bala perdida y yo parados. El bala perdida abrió la primera caja (la más pequeña) y me dijo -Elige la que más te guste-, la caja estaba llena de armas de diversos tipos -Si me vas a ayudar, no basta con que me digas donde están los extranjeros, tendrás que cubrir mis espaldas.
Revisé las armas una por una aparentando saber lo que hacía, y al final me decidí por un revolver de cañón largo. El bala perdida asintió suavemente y abrió la segunda caja, que estaba llena de municiones de varios tipos.
-Puedes elegir las balas también... -sentí el color subir por mi cara lentamente, y el bala perdida se dió cuenta. En vez de reirse como lo hubiera hecho si hubiera estado el viejo, dijo -no importa si no sabes tirar, es mejor aprender que tirar balas perdidas.
El bala perdida me enseño desde las partes de un arma y su funcionamiento hasta como tirar. Más bien, de como tirar sólo me dió un consejo:
-Apuntar un arma es como apuntar como el dedo, así de facil. Practica y cuando sientas que puedes tirar una hoja de un árbol sin tirar una rama, saldrémos en busca del primero.
Poco a poco fui gastando las balas y pasaron tres semanas antes de que le dijera al bala perdida que estaba listo.

domingo, 22 de marzo de 2009

Ulises y El bala perdida 9 (La muerte del banquero)

Me quedé junto a la puerta del dormitorio para ver que nadie más se acercara a intentar detenernos. El bala perdida estaba parado frente al banquero. Antoine Laënnec suplicaba por su vida de rodillas, llorando con las babas y los mocos escurriendole por la cara, en camisón.
-¡Por favor, déjame vivir! ¡No fue mi culpa, yo creía que ella era una prostituta... -El rostro del bala perdida se ensombreció más (si es que eso era posible) y encañonó al banquero con su revólver favorito. Laënnec intentó alejarse del bala perdida pero cayó sobre sus obesas posaderas en el suelo de mármol y se golpeó el brazo derecho contra una esquina de su cama.
En el pasillo se asomó un mayordomo con un quinqué, pero al ver que le apuntaba con una pistola hizo como si no hubiera visto nada y se regresó a su habitación. La luna se veía por la ventana de la habitación y parecía sonreirnos desde el cielo, entre dos nubes.
-¡Por favor, ten piedad! ¡Te pagaré lo que quieras! -El bala perdida bajó el revólver.
-¿Cuánto estás dispuesto a pagar? -Yo no esperaba que Pedro se dejara llevar por una oferta, y al parecer el banquero tampoco, por que dejó de llorar en el acto y se quedó con la boca abierta. En el rostro del banquero primero brillo un atisbo de esperanza y luego adoptó la expresión de abrir una cuenta bancaria, se creía estar de nuevo en su terreno.
-Te pagaré lo que sea si me dejas vivir.
El bala perdida lo vio un momento, le volvió a apuntar con el arma y le dijo:
-¿Cuanto crees que vale tu vida?
-Te daré suficiente dinero para que vivas comodamente el resto de tus días. -Al bala perdida se le endureció la mirada de nuevo.
-¿Eso crees que vale tu vida? Te daré una última oportunidad -El bala perdida pateó al banquero y lo puso de espaldas a él, luego le puso el cañon en la nuca. El banquero empezó a llorar de nuevo y se quedó sollozando algún tiempo.
-¿Cuanto crees que vale tu vida?
-Te daré todo mi dinero, mi casa, mis propiedades afuera de la ciudad y todo lo que se te ocurra. Sólo déjame vivir... -El bala perdida se empezó a reir. La risa fue tan macabra que Laënnec perdió el temple que le quedaba y se cagó en su camisón.
-Tonto. Tu vida no vale nada. -Y le disparó.

jueves, 5 de febrero de 2009

Ulises y El bala perdida 4 (el xolochcuintle)

-Así que lo que se propone usted señor Rivera, es que Don Pedro, aqui presente, se vengue de sus acreedores...-La menera de exponer las cosas que tenía el viejo me hacía sentir como la víbora que invita al pecado; en cierta forma lo era.
-Pues sí, siendo Pedro parte de mi familia... bueno, mi única familia, quiero que mejore su vida.
-¿Y crees que la venganza es una buena forma de arreglar la vida de alguien?- El bala perdida se sonreía muy felizmente, mientras que el viejo se llevó la mano a los labios tapándose la boca.
-A mi me parece que todos deberían tener lo que se merecen, y los bandidos que le hicieron... -me quedé callado buscando las palabras apropiadas en silencio, pero no había manera de decir los hechos suavemente- tú sabes a quienes me refiero. Esos canallas tienen vidas muy buenas, que definitivamente no se merecen.
El bala perdida pareció satisfecho con la respuesta, así que se cruzó de brazos y miró al viejo. Yo no sabía que seguiría, así que esperé. El viejo fue el que rompió el silencio con un aire divertido.
-A mi me parece una gran idea.
Yo me relajé, y el bala perdida se dio la vuelta.
-Pero primero, tengo que contarte una historia -prosiguió el viejo cambiando su expresión por una muy seria.

Un xolochcuintle estaba trepado en la montaña de noche, muriendose de frío. Un lobo se acercó al animal y le dijo:
-Si tienes frío puedes acercarte a mí, yo te calentaré con mi pelaje.
-Gracias, Señor lobo -dijo el xolochcuintle-, pero prefiero mantener conmigo mi frío y mi pellejo.

El viejo se quedó callado, mirandome (si es que se puede usar esa palabra) con sus cuencas vacias.
-Es una historia muy interesante, pero no entiendo que tiene que ver con mi empeño en ayudar a Pedro.
-Yo no dije que tuviera algo que ver con eso -contestó el viejo visiblemente feliz.
-Él sólo dijo que te contaría una historia -en ese momento el bala perdida y el viejo soltaron la carcajada que se estaban aguantando.
Que se burlaran de mi me hizo sentir como un niño pequeño, pero de menos me sentí más cómodo de ahí en adelante.

jueves, 1 de enero de 2009

Ulises y El bala perdida 3 (el viejo)

El bala perdida salió del pueblo a medio trote y se dirigió al camino de Santa Teresa, que estaba bastante de lejos de San Mateo hacia el sur. El camino cruzaba un pequeño bosque y estaba algo descuidado, decían que había ladrones en ese camino.
-Este... Pedro... ¿a donde vamos? -el bala perdida me volteó a ver y aceleró un poco el trote- ¿vamos a tú casa? -no estaba seguro si tenía casa, sólo sabía que había regalado la hacienda de su padre.
-No vamos a mi casa, vamos con un amigo mío.
Me sorprendía el bala perdida, era más desconfiado de lo que se decía en las cantinas, menos borracho y tenía un amigo.
El viaje duró algo más de un cuarto de hora hacia Santa Teresa y luego torcimos al este, por un camino entre una arboleda. en lo que serían unos diez minutos llegamos a una pequeña casa de adobe que estaba sola frente a un camino de piedra, entre lo que parecían los despojos de una aldea quemada.
-Deja el caballo aqui, que paste libre.
El bala perdida bajó de su caballo y se paró frente a la puerta. Yo no estaba seguro de querer dejar a mi caballo correr solo por un bosque y el bala perdida lo notó de inmediato.
-No te preocupes, no irá lejos. El olor a lobos lo mantendrá alejado de lo más profundo del bosque.
Entramos en la casita por una puerta que era una tela colgando de un palo, la puerta daba a lo que sería el vestíbulo, comedor, la cocina y la habitación; había una mesa de troncos en el centro con dos sillas y un petate enrollado sobre una pared. Sólo había una ventana pero estaba tapada por unas tablas, así que la habitación estaba muy obscura. En otra orilla del cuarto estaban unas tablas que servían de mesita para picar, un pequeño fogón y un tronco para sentarse. En el tronco había un viejo.
El bala perdida entró sin hacer el menor ruido y yo procuré hacer lo mismo, luego se sentó en una de las dos sillas, yo me quedé parado en la entrada esperando una señal de sentarme, de saludar... o de lo que fuera con tal de romper el silencio y el ambiente sombrío de la casita.
-¿Y quién es tu amigo de los pies de plomo? Respira como si lo hubieras traído corriendo desde Santa Teresa -el viejo tenía la voz profunda, cosa que contrastaba con lo delgado que era.
-El señor que tiene usted aquí -dijo el bala perdida- es mi primo Ulises.
-Mucho gusto, señor
-¿Ya tan pronto consideras un gusto el encontrarte conmigo? O eres muy amable o muy lambiscón- el tono de la frase no era burlón, pero el sentido era algo raro, así que no contesté. El viejo se levantó del tronco caminó hacia donde yo estaba, parecía que caminaba con los ojos cerrados, pero caminaba normalmente.
-Tomás Gutierrez -dijo el viejo tendiendome la mano- si Pedro te trajo aquí, entonces estoy a tus ordenes -estreché la mano del viejo y así de cerca me pude dar cuenta que tenía los ojos cerrados y los párpados hundidos, porque alguna vez, alguien le sacó los ojos.